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Expuesto el: martes, 09 de febrero de 2010 13:01
Autor: Ariodante
Asunto: DIDO, REINA DE CARTAGO - Isabel Barceló
El hilo principal de la obra es la historia de Dido, la legendaria reina de Tiro (Fenicia) que, ante la traición de su hermano Pigmalión, marcha de su país con un grupo de seguidores a la búsqueda de hospitalarias tierras donde fundar una nueva ciudad, cosa que finalmente y tras muchas aventuras, sucede en las costas libias, y Cartago (=Ciudad Nueva, en lengua fenicia) es fundada tras resolver muy ingeniosamente el más tarde conocido en matemáticas como Problema de Dido o Principio de Minima Acción. Pero este hilo, narrado por la anciana Imilce, nieta de Barce, testigo de los hechos, y completado en algunas partes por textos del cronista Xilón, es alternado con otro, narrado por Trailo, un bardo troyano, que nos cuenta su versión, más poética, de la huida de Eneas y sus seguidores de la derrotada Troya, y su errar por el mare que aún no era nostrum, sino de muchos, entre ellos los dioses, que competían con los humanos y les complicaban la existencia, introduciéndose en sus vidas. Ambos hilos confluyen en el momento en que Eneas desembarca en Cartago y cae rendido de amor ante Dido, que a su vez ha recibido un buen flechazo de Cupido, ordenado por Venus, madre de Eneas. Como de todos es sabido, las Moiras habían anudado los hilos de Eneas y tenía su destino ya trazado: su misión era fundar una ciudad en el Lacio que daría origen a Roma. Por tanto, su unión con Dido no podía ser más que un hito, un cruce de caminos destinado a finalizar en breve; final dramático para ambos, trágico para Dido. En esta obra, además de la historia en sí que se nos cuenta, admiramos otras muchas facetas. La forma en que se nos cuenta, el tono pausado y tranquilo, meditado, -salvo los capítulos iniciales, que nos arrebatan- es un leit motiv en toda la obra. Nos sentamos a leerla como si nos sentásemos a escucharla, bajo el granado de la plaza. Y sabemos de otras muchas cosas, detalles pequeños, que nos dan color y sabor a las escenas. No sabemos muchos más datos, salvo los imprescindibles para imaginarnos la escena; es la emoción, esencia del arte, la que domina en la narración. Y ésta nos cuenta de unos personajes cuyo destino les lleva a plasmar sus sueños, su futuro, en unas direcciones, que van mutando conforme los hechos se van presentando: una juiciosa y tranquila reina que primero ha de huir de su patria, buscar una tierra y dirigir un asentamiento, y que de repente, la ciega pasión amorosa la invade y trastorna su vida. Un Eneas cansado y humillado tras la derrota y decidido a llegar a su destino, Italia, que se sumerge en la gruta donde yace con Dido, presa de su amor, amor que tendrá que olvidar para cumplir su obligación. «Pero el amor, dice Barce, es como el mar. No puedes fiarte de él aunque seas un marinero experto». Y no sólo los personajes centrales van evolucionando sus comportamientos: los dos aedos, Imilce y Trailo, que compiten por dar las versiones masculina y femenina, la ideal y la cotidiana, la divina y la humana, ambos van poco a poco transformando su estilo para asemejarse al contrario. Ambos ven que no todo son dioses y tampoco todo son sólo hombres. No siempre son los dioses determinantes de nuestras vidas, sino nuestras propias decisiones son las que nos implican en ellas. Todo esto lo observa el lector/oyente a lo largo del intercambio de narraciones. Y sueña. De ese modo, nos horrorizamos ante el asesinato del sacerdote Siqueo y huimos con Dido de aquel país fenicio al borde de la guerra civil. Viajamos, pues, con la reina en los barcos ocupados con sus fieles seguidores, a los que se van incorporando paulatinamente otros pasajeros, procedentes de los diversos puertos tocados: los hermanos Xilón y Filón, el filósofo nudista; la amazona Nismacil; el cordelero Kostas, la matemática Teano, y la bailarina Dincer, raptadas en Chipre; viajamos con Eneas y sus amigos troyanos, buscando la tierra prometida, pasajeros del viento, en sus naves a su vez errantes por el agitado mar en el que Eolo y Neptuno mueven a placer los pequeños navíos mientras las diosas Juno y Venus discuten. Asistimos a la fundación de Cartago; odiamos cordialmente al rey libio Yarbas, rechazado por Dido, que no quiere someter su recién fundada ciudad a reino alguno; disfrutamos del delicioso banquete de bienvenida a los troyanos; sucumbimos a la arrebatadora pasión de Dido por Eneas y corremos, gozosos y húmedos, bajo la tormenta, buscando la gruta del amor. Sufrimos cuando Eneas decide partir, y lloramos al ver los navíos troyanos alejarse. Y soñamos. Isabel Barceló, por boca de Imilce y Trailo, es, por usar una expresión orteguiana, una divina sonámbula que nos contamina de su sonambulismo: ¡Sublime, benigno poder que multiplica nuestra existencia, que nos liberta y pluraliza, que nos enriquece con generosas transmigraciones! Deambulamos por sus sueños, que, como el Gran Bardo isabelino ya nos advirtió, están trenzados de la misma materia que los hombres, que vivimos encerrados en sueño.
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Expuesto el: martes, 09 de febrero de 2010 13:01
Autor: Ariodante
Asunto: DIDO, REINA DE CARTAGO - Isabel Barceló
El hilo principal de la obra es la historia de Dido, la legendaria reina de Tiro (Fenicia) que, ante la traición de su hermano Pigmalión, marcha de su país con un grupo de seguidores a la búsqueda de hospitalarias tierras donde fundar una nueva ciudad, cosa que finalmente y tras muchas aventuras, sucede en las costas libias, y Cartago (=Ciudad Nueva, en lengua fenicia) es fundada tras resolver muy ingeniosamente el más tarde conocido en matemáticas como Problema de Dido o Principio de Minima Acción. Pero este hilo, narrado por la anciana Imilce, nieta de Barce, testigo de los hechos, y completado en algunas partes por textos del cronista Xilón, es alternado con otro, narrado por Trailo, un bardo troyano, que nos cuenta su versión, más poética, de la huida de Eneas y sus seguidores de la derrotada Troya, y su errar por el mare que aún no era nostrum, sino de muchos, entre ellos los dioses, que competían con los humanos y les complicaban la existencia, introduciéndose en sus vidas. Ambos hilos confluyen en el momento en que Eneas desembarca en Cartago y cae rendido de amor ante Dido, que a su vez ha recibido un buen flechazo de Cupido, ordenado por Venus, madre de Eneas. Como de todos es sabido, las Moiras habían anudado los hilos de Eneas y tenía su destino ya trazado: su misión era fundar una ciudad en el Lacio que daría origen a Roma. Por tanto, su unión con Dido no podía ser más que un hito, un cruce de caminos destinado a finalizar en breve; final dramático para ambos, trágico para Dido. En esta obra, además de la historia en sí que se nos cuenta, admiramos otras muchas facetas. La forma en que se nos cuenta, el tono pausado y tranquilo, meditado, -salvo los capítulos iniciales, que nos arrebatan- es un leit motiv en toda la obra. Nos sentamos a leerla como si nos sentásemos a escucharla, bajo el granado de la plaza. Y sabemos de otras muchas cosas, detalles pequeños, que nos dan color y sabor a las escenas. No sabemos muchos más datos, salvo los imprescindibles para imaginarnos la escena; es la emoción, esencia del arte, la que domina en la narración. Y ésta nos cuenta de unos personajes cuyo destino les lleva a plasmar sus sueños, su futuro, en unas direcciones, que van mutando conforme los hechos se van presentando: una juiciosa y tranquila reina que primero ha de huir de su patria, buscar una tierra y dirigir un asentamiento, y que de repente, la ciega pasión amorosa la invade y trastorna su vida. Un Eneas cansado y humillado tras la derrota y decidido a llegar a su destino, Italia, que se sumerge en la gruta donde yace con Dido, presa de su amor, amor que tendrá que olvidar para cumplir su obligación. «Pero el amor, dice Barce, es como el mar. No puedes fiarte de él aunque seas un marinero experto». Y no sólo los personajes centrales van evolucionando sus comportamientos: los dos aedos, Imilce y Trailo, que compiten por dar las versiones masculina y femenina, la ideal y la cotidiana, la divina y la humana, ambos van poco a poco transformando su estilo para asemejarse al contrario. Ambos ven que no todo son dioses y tampoco todo son sólo hombres. No siempre son los dioses determinantes de nuestras vidas, sino nuestras propias decisiones son las que nos implican en ellas. Todo esto lo observa el lector/oyente a lo largo del intercambio de narraciones. Y sueña. De ese modo, nos horrorizamos ante el asesinato del sacerdote Siqueo y huimos con Dido de aquel país fenicio al borde de la guerra civil. Viajamos, pues, con la reina en los barcos ocupados con sus fieles seguidores, a los que se van incorporando paulatinamente otros pasajeros, procedentes de los diversos puertos tocados: los hermanos Xilón y Filón, el filósofo nudista; la amazona Nismacil; el cordelero Kostas, la matemática Teano, y la bailarina Dincer, raptadas en Chipre; viajamos con Eneas y sus amigos troyanos, buscando la tierra prometida, pasajeros del viento, en sus naves a su vez errantes por el agitado mar en el que Eolo y Neptuno mueven a placer los pequeños navíos mientras las diosas Juno y Venus discuten. Asistimos a la fundación de Cartago; odiamos cordialmente al rey libio Yarbas, rechazado por Dido, que no quiere someter su recién fundada ciudad a reino alguno; disfrutamos del delicioso banquete de bienvenida a los troyanos; sucumbimos a la arrebatadora pasión de Dido por Eneas y corremos, gozosos y húmedos, bajo la tormenta, buscando la gruta del amor. Sufrimos cuando Eneas decide partir, y lloramos al ver los navíos troyanos alejarse. Y soñamos. Isabel Barceló, por boca de Imilce y Trailo, es, por usar una expresión orteguiana, una divina sonámbula que nos contamina de su sonambulismo: ¡Sublime, benigno poder que multiplica nuestra existencia, que nos liberta y pluraliza, que nos enriquece con generosas transmigraciones! Deambulamos por sus sueños, que, como el Gran Bardo isabelino ya nos advirtió, están trenzados de la misma materia que los hombres, que vivimos encerrados en sueño.
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Expuesto el: martes, 09 de febrero de 2010 11:06
Autor: Javi_LR
Asunto: I Jornadas de novela histórica en la Universidad de Valencia
Sí queréis conocer más, podéis pinchar sobre estos vínculos: Aquí el cartel, acá el programa. ¡Enhorabuena a los que podáis acudir! |
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Expuesto el: lunes, 08 de febrero de 2010 13:01
Autor: Aretes y Clio
Asunto: LA TIENDA ROJA - Anita Diamant
Si te sientas al borde de un río, verás sólo una parte de su superficie. Y sin embargo, el agua que tienes ante los ojos es prueba de profundidades desconocidas. Mi corazón rebosa de agradecimiento por la amabilidad que has tenido sentándote en la orilla de este río, buscando los ecos de mi nombre. Así se despide Diná del que acaba de conocer su historia. Y uno lo siente, porque se ha acostumbrado a tenerla al lado, murmurando cada palabra al oído, porque no se sabe cómo, en vez de leer, se llega a escuchar su voz desde la primera página, contando los días en los que Jacob apareció en el campamento de Labán. La historia de Jacob que nos ha llegado es simple y esquemática, con ese misterio de los textos bíblicos que se leen en un segundo y se imaginan en horas. Es la palabra de los hombres, de los mismos que van a una boda y te la cuentan en dos minutos, extendiéndose algo más en la comida, pero sin flores, ni telas, ni vajillas, ni música, ni vestidos, ni miradas, ni gestos. La superficie del río. En el campamento todo ocurre de forma previsible, los hombres se preocupan por hechos tan simples como el comer, dormir, cuidar el ganado, pelear con otros y decidir qué Dios adorar. En la tienda roja, la tienda donde las mujeres descansan y se funden con la luna en esos días que no pueden mostrarse a los hombres, no por vergüenza sino para descansar y ser cuidadas por otras mujeres que saben de su importancia, es ahí donde reside la profundidad del río. Jacob huyó de su tierra para llegar a la de su tío Labán, allí tomó por esposa a Lía, a Raquel, a Bilhá y a Zilpá. Y nacieron doce hijos, las doce tribus de Israel. Y todo ello se escribió en unas pocas páginas, los lazos que unen a la madre y la hija se rompieron y la palabra pasó a ser posesión de los hombres, que no tenían modo de saber. Por esa razón no supimos nunca de la belleza y el olor a agua de Raquel, ni de la cocina y las delicias de Lía, no conocimos la inocencia y la pasión de Bilhá, ni la mística y enigmática Zilpa, no nos llegó la historia de la diosa que enseñó a tejer, ni la bendición de unirse a la tierra con la primera sangre, los hijos de Jacob pasaron a ser nombres y nunca los pudimos ver como niños, tampoco supimos de la destreza de las matronas, ni de cómo los nacimientos eran acompañados con suaves versos que acompasaban la respiración y manos que sujetaban a la madre ayudándola en ese trance. El libro, como el río, discurre al ritmo de las palabras, se siente más que se lee, porque merece la pena cerrar los ojos y ver los colores, flotar en el agua, oler los pucheros, tumbarse en la hierba, vivir la complicidad entre ellas, los celos, la angustia del embarazo que no llega, la alegría de sentirse fértil, la lástima por la pena de otra, la amistad entre mujeres que tiene ese algo distinto a la camaradería masculina. Se nos dio una Rebeca ignorando toda la magia que representaba y que quedó perdida, la pobre Ruti no mereció una mínima mención a pesar de acumular toda la desgracia en su cuerpo, la sabiduría de Inana se escondió detrás de los partos, la fortaleza de Adá quedó en el silencio, las antiguas creencias murieron ante el nuevo Dios de Jacob que no tenía nombre, pero la vida y la tierra seguía siendo la misma para ellas, costumbres transmitidas de un modo casi religioso como aderezar las comidas, preparar la cerveza, cantar para alegrar y sosegar, manejar el huso o encontrar las plantas adecuadas para curar perdieron su importancia para pasar a ser simplemente labores, siglos más tarde, «sus labores». La autora publica esta novela en 1997 inspirada en unos versos del génesis y se convierte en un best seller, poco a poco y gracias al boca a boca, recomendaciones de lectoras, grupos de lecturas, etc. Diamant forma parte del judaísmo liberal, en realidad sus padres, sobrevivientes del Holocausto, no eran excesivamente religiosos. Conoce a su marido, protestante y luego converso, deciden estudiar a fondo el judaísmo y escribe varios libros sobre Bodas Judías, El libro de los niños judíos, y Manuales para aquellas personas que se convierten al judaísmo. Cuando decide escribir una novela ambientada en los tiempos bíblicos, la pequeña mención de Diná en el Génesis y la acción brutal de los hijos de Jacob, le llama la atención y decide darle voz. Ciertos grupos judaicos ven esta novela como un Midrash, la antigua tradición de interpretar los versículos bíblicos, un leer entre líneas y rellenar espacios para entender mejor su significado, pero la autora opina que es una novela sin más que puede ser leída por cualquier persona que no esté familiarizada con la historia bíblica. Este es un libro para madres, hijas, hermanas, amigas…. Es un libro para la memoria, esa memoria que va de generación en generación transmitida oralmente por las mujeres. Por ello esas mujeres que dieron muchos hijos a Jacob querían tener hijas «Para mantener vivo su recuerdo». Como nos revela la protagonista de la novela su madre y tías le contaban anécdotas de su vida, de su juventud, sus amores, sus partos, sus miedos y esperanzas, «su boca no paraba de llenarme los oídos», y es precisamente en estos recuerdos que encontramos la inmortalidad de aquellos que amamos. Es un libro para mujeres pero que es conveniente que lean los hombres. Es un libro que emociona y asombra. Es un libro que apetece compartir. Por encima de todo lo que se cuenta en él, es una belleza, esa belleza irracional que hace sonreír, recordar, incluso llorar. Merece la pena disfrutarlo. Technorati Tags: La tienda roja, Anita Diamant
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Expuesto el: lunes, 08 de febrero de 2010 10:01
Autor: H.E.A.
Asunto: PRESENTACIÓN DE EL CORAZÓN DEL OCÉANO, DE ELVIRA MENÉNDEZ
Son las 12:30 de la mañana en el salón «Miguel de Cervantes» de la Casa de América. Entre dorados y angelotes, bajo la balaustrada que enmarca el cielo, tras la mesa, con la puntualidad que permiten los minutillos de cortesía, empieza el acto. Toma la palabra Doña Belén López Celada en nombre de la editorial Temas de Hoy. Rápidamente nos da unas impresiones sobre la colección, de novela histórica, de la que va a ser parte este libro. Inaugurada hace un año y medio cuenta ya con algunos éxitos en su haber. Éxitos entre los que pronto, esperan, se incluirá esta novela excelentemente documentada, en la que con una narración ágil –cinematográfica, se nos dice y se nos dirá en varias ocasiones- y unos personajes bien trazados, se lleva al lector a sumergirse en la mentalidad de la época (corre el año 1547, al inicio). Sin embargo –como nos explica también- la novela no va a ser sólo ambientación y aventura, sino también un alegato a favor de la tolerancia, de la comprensión, de la superioridad de la razón sobre el fanatismo. Un ejemplo de lo bueno que puede aportar a los lectores la novela histórica. Alertados, que menos, por tan intrigante presentación, atendemos a las palabras de Don Primitivo Rojas, viejo amigo -o mejor amigo de largo tiempo- de la autora. Con una voz que ya envidiaría el mismísimo Lord Vader pasa a desgranarnos quién es Elvira Menéndez. Gallega de origen, licenciada en la Escuela Superior de Arte Dramático, actriz y guionista de cine y de teatro, escritora de éxito de cuentos infantiles. Se recuerda especialmente su participación en piezas como La Doble Historia del Dr. Valmy o una adaptación de la Asinaria que da final a la inconclusa obra. «Creo que se va a iniciar una nueva etapa aquí», es su alegato final. Pues ciertamente la autora, a quien ha presentado magistralmente, pasa con esta novela del campo de la literatura infantil al de la literatura para adultos. Tras esta presentación de la autora toma la palabra Doña Carmen Zamarrón. Dado que el escenario principal de la novela tiene que ver con barcos. ¿Quién mejor que ella, en su calidad de Conservadora del Museo Naval, para explicarnos brevemente cómo era la vida a bordo? Así asistimos a una historia de ilusiones, de mujeres perfectamente engalanadas para partir que se veían reducidas, durante el viaje, a convivir en una atestada nao de, en el caso de la novela, no más de un centenar de toneladas, cinco metros de manga y once de eslora. «La zona habitable es como un piso de doscientos metros cuadrados». Y allí se hacinan más de medio centenar de personas junto con la suciedad, los olores, las enfermedades, las ratas y los piojos. Sin intimidad, sin poder lavarse, sin poder siquiera estirarse a la hora de dormir. En resumen, lo menos parecido a una merienda campestre. Pues todo ello –termina- se refleja en la obra, muy bien ambientada navalmente. «Una obra muy viva». Y le toca el turno, por fin, a Doña Elvira Menéndez, cuyas palabras reproduciré en menor medida pues principalmente se dedicó a desgranarnos los aconteceres que narra, y no es cuestión de reventar la novela así que me limitaré a unos breves apuntes. La idea, nos relata la autora, nació en el año 1988, cuando Don José Luis Barea le propuso que escribiera algo relacionado con la historia de la conquista de América. Primero quiso ser un libro juvenil, corto, de unas sesenta páginas. Pero enseguida se dio cuenta de que había mucho mas así que el proyecto durmió hasta hace cuatro años. Fue entonces cuando empezó a reunir documentación y a trabajar sobre la novela. Allá por mediados del siglo XVI el mestizaje en la colonia de Asunción –Río de la Plata preocupa al Consejo de Indias y a su majestad el rey, a la sazón Carlos V en trance de ceder su cetro a su hijo Felipe II. Así, el hecho de que el noble Don Juan de Sanabria solicite el adelantazgo de la colonia, entonces en plena guerra civil, y el permiso para trasladarse allí con un contingente de nuevos colonizadores es aprovechado para imponerle una condición. Deberá llevar consigo a más de medio centenar de mozas de buena sangre hidalga, para repoblar la región. Se inicia la aventura, una aventura que Don Juan, por fallecer antes de la partida, no podrá llevar a cabo. Una aventura que quedará, de milagro, en manos de Doña Mencía de Calderón. Su esposa, nuestra protagonista. El pasado día 4 de febrero pudimos asistir a la presentación de El Corazón del Océano. Una novela cuya presentación ha suscitado la curiosidad de este que suscribe. Ahora sólo queda leerla (que es lo más fácil y lo más placentero). Y como siempre que los hados lo permiten, H.E.A. |
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